Empezó como un juego. El doctor dijo algo de una hepatitis un poco complicada y mamá, lógicamente preocupada, me recluyó en mi cuarto bajo reposo absoluto: No jugar en la calle, no ir a clases, no monear con el perro, y ni siquiera levantarme a comer. Así, confinado, me surgió la idea de matar las horas con la aventura inútil de rebautizar las cosas.
Ya que matar las horas era la idea, empecé con el reloj, que a partir de ahora se llamará burbuja. La cama ya no es cama si no castillo, el cielo podría llamarse fluorescente y la TV es un canto rodado. A partir de ahora vivo en la calle Granito de Arena, en el departamento infinito B, con mi madre, que es un submarino rosado y me trae un plato de sopa que es en realidad un cofre de oro pirata. Registraba las fronteras y los contenidos de mi habitación en un gordo cuaderno, donde iba edificando un inventario de significados nuevos, con reglas y figuras propias, diseñado con la intención de explicar únicamente el universo de mi pecera.
Las horas en efecto morían mientras iba al siguiente paso de mi aventura cautiva, construyendo nuevas cadenas de significados combinados, que conducían a especies de metáforas que eran posibles únicamente dentro de este imperio. Así, el sol era un gran pez fuera del agua que cuando se esconde nos remite al sueño, que no existe pues se llama puente, ya que es parte del castillo que es mi cama. Ponía cosas como: “Desde el segundo en el que el Gran Pez Fuera del Agua amenaza con esconderse en el fluorescente, va bajando el primer puente del castillo, y no termina de bajar hasta que el submarino rosado deja el cofre pirata conmigo”. Y como esta, cientos.
Ya me encontraba yo cómodamente sentado en el trono de este reino nuevo, cuando llegó el momento de la segunda consulta. Entonces sobrevino el terror, al comprobar que la calle, con su ruido, sus colores y sus luces, no estaba dentro de mi nuevo lenguaje-universo. Ahí vi otros, (siempre hay otros) que se habían puesto de acuerdo para relamer juntos las paredes de cristal de esta pecera más grande, usaron al unísono la lengua del hábito para lamer una y otra vez todas las cosas, hasta darle la consistencia suave del confort. Me sentí débil, en parte por la estricta dieta de oro pirata, pero principalmente por la súbita sensación de asfixia que me provocaba estar fuera de mi mundo reciente, fuera del agua, como el sol.
Me golpeó con la brusca intensidad del desatino: Yo también era un pez fuera del agua. Habiendo renombrado las cosas del mundo, las hice interminablemente mías, muy mías, tanto que ya no había un yo sin ellas, y ellas existían tan dentro mío que se podía decir que eran lo que eran gracias a mí, y ya no me dolió despedirme: Hasta siempre, burbuja que marca el tiempo; adiós castillo con puentes de sueño; te quiero mucho, submarino rosado.
Mi pecera, la que pese a ser tan mía me tenía contenido, preso de mi propio amor a la familiaridad, se derrumbó. Cayó de una, ahí mismo y para siempre, el día en que me hice hermano del sol.
Ficción a pedido de la revista "High Class", construida encima de un relato del amigo Christian Kent.
1 comentario:
Será esto el póra del difunto clipo?
Publicar un comentario